La incapacitación no es la solución

El 13 de diciembre de 2006 se aprobó la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (CDPD).
Una Convención o Tratado internacional es un acuerdo internacional celebrado por escrito entre Estados y regido por el derecho internacional que tiene fuerza vinculante. Es decir, que es de obligado cumplimiento para los Estados una vez que lo firman y ratifican.
España ratificó la CDPD el 3 de mayo de 2008, por lo que desde ese momento este cuerpo normativo internacional forma parte del ordenamiento jurídico español. Uno de los logros de la CDPD es que se convierte en una herramienta jurídica vinculante a la hora de hacer valer los derechos de las personas con discapacidad.
En su su Artículo 12 de la Convención se reconoce la igualdad de las personas ante la ley y reafirma que:

“…las personas con discapacidad tienen derecho en todas partes al reconocimiento de su personalidad jurídica.”

Esto choca de frente con el Código Civil vigente, anterior a la Convención, que establece la necesidad de incapacitar jurídicamente a una persona con discapacidad intelectual importante.
Tal vez el siguiente ejemplo que plantea Carlos Marín, Asesor Jurídico de Down España, sirva para ilustrar la situación actual:

“La doctrina del Tribunal Supremo es sencillamente inaceptable. Concederle a una persona el derecho a ejercitar su capacidad de obrar (Artículo 12 de la Convención, punto 2), imponer al Estado la obligación de prestar apoyos a ese ejercicio (punto 3), exigir al Estado que adopte las medidas necesarias para que ese ejercicio no provoque abusos (punto 4) y concluir, como hace el Supremo, que la manera de impedir el abuso es eliminar el derecho a ejercicio de la capacidad de obrar, además de una lamentable técnica jurídica, es como si una ley dijera –que lo dice– que quienes van en silla de ruedas tienen derecho a usar el transporte público; impusiera, en consecuencia, a la compañía de autobuses la obligación de adoptar medidas que faciliten ese derecho y ésta, en lugar de montar plataformas para izar la silla de ruedas –que es lo que hace– solucionara el problema prohibiendo a la persona salir de su casa. Y, para completar la analogía, le dijera “pero no te preocupes porque ni lo vas a echar de menos, porque ya he puesto yo en tu lugar a otra persona, con un par de piernas bien fuertes, para que te traiga de la calle todo lo que necesites y que vaya por ti al cine, al trabajo o a pasear; de modo que ni te vas a enterar de que vas en silla de ruedas, y además te ahorras tener que hacer colas y, en un momento dado, sufrir un accidente.”

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