Carta de un padre a su hija con síndrome de Down el día de su boda: tenemos un camino que recorrer

bodaPara cualquier padre el matrimonio de un hijo es un momento especial. Paul y Kerry Daugherty no eran la excepción. Porque a pesar de que su hija Jillian, de 26 años, tiene síndrome de Down, siempre pensaron que terminaría enamorándose y casándose.
A pesar de que a lo largo de su crecimiento hubiera momentos muy difíciles. A pesar de las dudas y preocupaciones que pudieran tener. A pesar de todo eso y más, ese momento especial se produjo y Jillian y Ryan Mavriplis, se dieron el “sí, quiero” frente a los 160 invitados que asistieron a la celebración,
Jillian conoció a Ryan hace 11 años cuando jugaba en una liga de fútbol para niños con discapacidad. Paul, el padre de Jillian, es cronista deportivo y escribió en su blog una crónica sobre el evento. Al día siguiente Ryan le pidió que asistiera a un baile con él y allí comenzaron a alimentarse los sueños de la familia Daugherty que han culminado con la boda.
En un momento tan especial, Paul dejó a un lado sus crónicas deportivas para escribir la emotiva carta que a continuación reproducimos y en la que recoge parte del camino recorrido y pretende servir para las familias de las personas con síndrome de Down.

Querida Jillian,
Es la tarde de tu boda, un 27 de junio de 2015. En dos horas comenzarás un nuevo camino que durará toda una vida, un camino que es aún más memorable debido a todo lo que has tenido que afrontar para lograr llegar hasta aquí. No sé cuáles son las posibilidades de que una mujer con síndrome de Down encuentre el amor de su vida. Sólo sé que tú lo has logrado.
Estás escalera arriba, haciendo los preparativos finales junto a tu madre y damas de honor. Tu pelo está perfectamente trenzado sobre tu delgado cuello. Tu vestido lleno de joyas -“mi brillo”, lo llamaste- atrae cada destello del sol al atardecer que atraviesa la ventana. Tu maquillaje -ese lápiz de labios rojo- me demuestra cómo ha progresado tu belleza desde el día en que naciste. Tu sonrisa florece, y estará ahí para siempre.
Yo estoy afuera, bajo tu ventana, mirándote. Vivimos para momentos como este, cuando nuestras esperanzas y sueños se materializan en un punto en el tiempo. Cuando todo lo que siempre imaginamos llega y se nos muestra con perfecta claridad. La dicha es posible. Lo sé ahora, de pie bajo esta ventana.
Tengo todo que decirte, y a la vez nada. Desde el momento en que naciste y los años que siguieron, nunca me preocupé de lo que podrías conseguir en el ámbito académico. Tu madre y yo nos encargaríamos de que fueras logrando tus objetivos, enseñaríamos a los profesores a enseñarte, y sabíamos que te ganarías el respeto de tus compañeros.
Lo que no podríamos hacer era que le gustases al resto de niños. Que te aceptasen, se hicieran tus amigos, y que estuvieran a tu lado en sociedad. Pensábamos: “¿Qué es de la vida un niño, si no está llena de fiestas de cumpleaños, fiestas de pijama, o bailes de fin de curso?”.
Aquello me preocupaba. Lloré profundamente aquella noche cuando, con 12 años, bajaste por las escaleras y nos dijiste “No tengo amigos”.
Todos deseamos lo las mismas cosas para nuestros hijos. Salud, felicidad, y la habilidad de disfrutar del mundo son cosas que por derecho deberían corresponder a cada niño. Eso no está reservado sólo para los niños sin discapacidad. Esa búsqueda es la que hacen todos los niños desde el nacimiento. Me preocupaba tu búsqueda, Jillian.
No debería haberme preocupado tanto. Tú eres natural cuando se trata de socializar. Te llamaban “la jefa” en la escuela, por tu habilidad de conectar con todo el mundo. Bailaste en el equipo de baile del instituto. Estuviste cuatro años yendo a clases universitarias, y asombraste a todo el mundo que conociste.
¿Recuerdas todas las cosas que dijeron que nunca harías, Jills? Que nunca te subirías a una bicicleta o practicarías deporte. Que no irías a la universidad ni mucho menos te casarías. Ahora… mírate.
Eres la persona más amable que conozco. Alguien capaz de vivir una vida de empatía y simpatía, sin segundas intenciones ni engaños. Así eres tú, así es como eres.
Te diría que le entregues tu corazón a tu prometido, Ryan, pero eso sería evidente. Te diría que fueses amable y buena con él. Pero eso es algo que ya haces con todo al que conoces. Te desearía una vida entera de amistad y respeto mutuo, pero vosotros dos habéis estado juntos una década, así que la amistad y el respeto ya están ahí.
Cuando hace diez años un jovencito trajeado tocó a nuestra puerta llevando un ramo de orquídeas y dijo “Señor, estoy aquí para llevar a su hija al baile de inicio del curso”, todos el temor que siempre tuve a que tu vida no fuera completa se desvaneció al momento.
Ahora, Ryan y tú empezáis otro camino distinto. Es un nuevo reto, pero no es más difícil para ti que para el resto de personas. Sabiendo cómo eres, incluso podría ser menos. La felicidad siempre ha sido tu compañera, así como tu habilidad para hacer felices a otros.
Te veo ahora. Todos los preparativos están listos, la puerta se abre. Mi pequeña niña, toda de blanco, cruzando el límite de otro sueño conquistado. Me quedo paralizado y sin respiración, absorto por el momento. “Estás preciosa” es lo mejor que alcanzo a decir. Jillian me lo agradece: “Siempre seré tu pequeña”. “Sí, lo serás’, logro decir. Es la hora. Tenemos un camino que recorrer.

2 pensamientos en “Carta de un padre a su hija con síndrome de Down el día de su boda: tenemos un camino que recorrer

  1. Me ha encantado tu carta Paul. Llena de amor, expectativas y mucha confianza por el futuro de Jillian, que es fruto de todos los esfuerzos que hicieron ustedes, junto a Kerry, como familia. Los felicito por haber llegado hasta el matrimonio de Jillian. Mis mejores deseos porque sean un matrimonio feliz y que superen todos los impases que se les van a presentar, cosa que estoy segura que lo harán, porque veo el tipo de educación y formación que le han dado. Felicidades!!!

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