La felicidad hay que buscarla

alicia“¿Vos estás pensando lo mismo que yo?”, le preguntó. “Y sí, vamos a adoptarlas”, le respondió su esposo. Es el diálogo que resume la historia de Alicia Kosinski y Oscar Espinoza, una pareja argentina que ya tenían tres hijos. El más pequeño, Tomás, de 9, con síndrome de Down. Y desde experiencia de vivir con él decidieron adoptar dos hermanas, Evelyn, de 8 y Laura, de 15, ambas con síndrome de Down.
Cuando se pone en duda si las personas con síndrome de Down pueden ser felices o hacer felices a sus familias, una punzada asalta el corazón de cuantos tenemos la suerte de saber que eso no es así. Más cuando ese es uno de los argumentos para cuestionar su derecho a nacer.
Hay quien piensa que la felicidad de las familias de personas con síndrome de Down (y de las propias personas con síndrome de Down) es “porque no nos queda más remedio, porque tenemos que asumir una situación sin otra solución”. Y sientes por momentos la impotencia de tener que luchar contra una ignorancia y unos estereotipos arraigados hasta la médula de quien las pronuncia.
Por eso, cuando conoces historias de personas que adoptan niños con síndrome de Down, algo se ilumina de forma especial. Porque esas situaciones se dan.
En el caso de Alicia y Oscar, cuentan que con su hijo Tomás tuvieron que luchar mucho. Por ejemplo, por la discriminación que sufrió en las escuelas. Precisamente esa constante pelea llevó a Alicia a colaborar involucrarse en distintos proyectos sociales. Uno de ellos le llevó a los Hogares donde viven personas con discapacidad intelectual que carecen de familia. Y en uno de ellos conoció, hace cinco años, a Evelyn y Laura.
Desde el comienzo tuvo una relación muy estrecha con ellas. Hace poco supo que las iban a adoptar, pero en familias diferentes. Y es cuando se produjo ese diálogo que ha servido de entrada. “Ya tenemos la guarda preadoptiva desde diciembre pasado”, dice emocionada.
Alicia dice que la vida de las dos hermanas ha sido muy dura y han tenido que darles apoyos psicológicos y psiquiátricos. Pero desde que están adecuadamente atendidads “son chicas felices y me dicen mamá”, dice Alicia entre lágrimas.
Ahora ambas van al instituto y tienen un hogar: “Te puedo asegurar que desde que llegaron a casa, si le abrís la puerta, no se van. Queremos contagiar nuestra locura, es hermosa y nos sentimos orgullosos de lo que estamos haciendo. No puedo adoptar a todos. La idea es abrir caminos”, dice Alicia.
También sabe que su camino no será fácil y que la decisión de adoptarlas tiene sus complicaciones: más tiempo, más esfuerzo… Pero a cambio seguro que están convencidos de que ese camino le hace sentirse felices a ellos y a sus hijos.
Hace poco Alicia ha sido distinguida, junto a otras cuatro mujeres, por su compromiso social. Seguro que un reconocimiento justo y satisfactorio. Pero para Alicia y Osacar seguro que el verdadero premio es otro: la felicidad por lo que han decidido hacer. Y es que al final la cuestión, tal vez, no es si se es o no feliz. La cuestión es que la felicidad hay que buscarla. Y ellos han encontrado este camino.

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