Sobre caramelos y síndrome de Down (o de cómo dejar de actuar estúpidamente)

Caramelos artesanosDice el refranero popular que “a nadie le amarga un dulce”. Seguro que, quien más quien menos, hemos sucumbido a nuestro “yo” goloso y hemos disfrutado del placer de comer algún caramelo. Sí, esas cosas dulces que atentan la integridad de los dientes pero endulzan el paladar.
Lo normal es que llevárselo a la boca requiera de un simple ejercicio previo como es deshacerse del envoltorio. Ese papel o plástico que lo protege, lo hace más o menos atractivo, informa de su sabor o sus ingredientes… pero, ¡zas!, acaba en la basura. Porque lo importante está dentro.
Porque, ¿cómo entenderíamos meternos el caramelo con su envoltorio? O, peor aún, ¿si tiráramos el caramelo para comernos el papel? Estoy dudando de calificarlo como ridículo, como estúpido o como un poco de los dos.
Las personas también tenemos nuestro envoltorio: rasgos físicos, determinados movimientos, la forma de hablar… Pero, mayormente, al igual que en el caramelo, esas “tarjeta de presentación” no definen a la persona y muchas veces no son más que pequeñas pistas sobre ella que incluso, si las interpretamos mal, pueden llevarnos a engaño. Como ese caramelo con una envuelta espectacular pero un sabor horrible o, al contrario, envuelto en una pobre presentación pero rico como él sólo.
Algunas personas, como las que tienen síndrome de Down, tienen algunos de esos rasgos muy característicos como, por ejemplo, sus ojos, los movimientos o la forma de hablar. Como he oído alguna vez, “llevan la camiseta puesta”.
Por desgracia, aquí es donde se rompe la similitud con el caramelo y hacemos estupideces ridículas. Porque muchas personas utilizamos esos rasgos para clasificar o, como es más habitual decir, para etiquetarlas. Con las personas, a diferencia de con los caramelos, nos “comemos” ridículamente (estúpidamente) el papel y renegamos ridículamente (estúpidamente) de lo que hay dentro, sin ni siquiera ser conscientes de que lo importante está ahí, en la persona. Ridículo o/y estúpido, ¿no os parece? Y, además, muchísimo más dañino que los caramelos para los dientes.
Por eso la cuestión es fácil: ¿porqué no dejamos de hacer este estúpido ridículo con las personas con síndrome de Down y hacemos con ellas como con los caramelos? Vamos a disfrutar del caramelo (persona) y tiremos los envoltorios (etiquetas) a la basura. No sólo dejaremos de ser ridículos (estúpidos) sino que además descubriremos y aprenderemos que, como todas las personas, tienen sus defectos y virtudes, sus fortalezas y sus debilidades, sus capacidades y sus sueños. Y es que, como todas las personas, aspiran a vivir felices porque saben que pueden conseguirlo.
En definitiva, pensemos que no son un envoltorio (aunque, por cierto, a mí su “envoltorio” me encanta), que no son el síndrome de Down, sino que son personas (con síndrome de Down). Por eso, fuera la ridícula estupidez y, ¡zas!, tiremos las etiquetas a la basura y disfrutemos de la persona.

PD: Una de las cosas que he aprendido de las personas con síndrome de Down es, precisamente, esto. ¡Como engañan las apariencias y más si responden a ideas estereotipadas! Y sin embargo, cómo las utilizamos con diferentes realidades que, en definitiva, no son más que eso, diferentes (afortunadamente)

fundownetiq

Nuestros amigos de Fundown Caribe han colgado en su twitter esta imagen que refleja en buena medida lo que en esta entrada queremos decir.

2 pensamientos en “Sobre caramelos y síndrome de Down (o de cómo dejar de actuar estúpidamente)

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