Yo me llamo…

La tipografía es la letra Anna Beta, creada por Anna Vives, una joven con síndrome de Down. Puedes descargarla de su web “Sumant capacitats”


La intención inicial era que la entrada fuera exclusivamente la viñeta superior, que recoge muy bien el mensaje que queremos trasmitir. Pero hemos sucumbido a la tentación de escribir algo sobre la importancia que un lenguaje apropiado tienen en la normalización de las personas con síndrome de Down.
El lenguaje y cómo se utiliza éste es un elemento definitorio de la cultura y pensamiento de una sociedad. Primero, porque algo existe y se hace realidad en la medida que se  le da un nombre.
Pero tan importante o más que el nombre en sí, es el valor  que le damos utilizarlo: el lenguaje en sí no es discriminatorio, sino el uso que se hace de él. Por ejemplo, la palabra discapacidad (el propio nombre se las trae) indica una capacidad diferente y mermada. Pero dependerá de cómo o hacia quien se utilice para que su uso pueda ser apropiado o bien despectivo y discriminatorio
Este  sentido resultan claves los “modelos” sociales que imperan. Especialmente cuando, por ejemplo, se trata de nombrar y hablar del “diferente”. Las personas con discapacidad  entran de lleno en este ámbito.
Aunque va habiendo avances, en nuestras sociedades, los modelos predominantes nos han empujado a infravalorar  lo diferente en cuestiones, por ejemplo, de género, religión o cultura. En estos ámbitos la ignorancia y las ideas estereotipadas han sido un caldo de cultivo ideal.
Pero donde se han ensañado especialmente con las diferencias (alguien diría minusvalias, deficiencias, taras…) físicas o intelectuales. Esa “minusvalía”, ¡valor menor!, ha llegado por momentos a considerarlas incluso “menos personas”. El cambio necesario en este modelo pasa por entender que “lo diferente” aporta, de partida,  un gran valor: aporta diversidad. Y la diversidad es terriblemente enriquecedora para tod@s!.
La personas con síndrome de Down no han sido ajenas a esto. Hace un tiempo, dedicamos una extensa entrada de DOWNberri, “En el nombre del síndrome de Down”, a la historia del nombre. Entre otras cuestiones veíamos cómo históricamente han sufrido, en términos de lenguaje, un trato terriblemente discriminatorio e, incluso ofensivo (subnormal, retrasado o deficiente son algunos de los ejemplos más “suaves” que podemos recordar)
Afortunadamente, los tiempos cambian, que es como decir que se hacen diferentes ¿no?, y los nombres y los valores también. No cabe duda de que el lenguaje hoy es más amable con las personas con síndrome de Down.  Es un avance que no evita que términos como enfermedad, sufrir o padecer sean habituales en la calle o en los medios de comunicación para referirse a ellas.
Si la meta es que las personas con síndrome de Down (o cualquier otra capacidad diferente) alcancen una vida normalizada e integrada en su entorno, no cabe duda de que el lenguaje es uno de los aspectos que pueden y deben contribuir a ello. Algunas normas tan elementales como anteponer la persona a la discapacidad ,  incidir en las capacidades valores (empezando por la diversidad en sí misma) y no las limitaciones y, por supuesto, adoptar un lenguaje respetuoso, pueden ayudarnos a conseguirlo.
Pero, en el fondo, quizá sea suficiente con echar mano del sentido común y, como a nuestro amigo de la viñeta, tal vez baste con llamarle… ¡Alberto!

4 pensamientos en “Yo me llamo…

  1. Lo cierto es que el lenguaje es nuestra principal vía de comunicacion y que las palabras, dependiendo de quién, cómo, y en que contexto se usen pueden resultar ofensivas. En este sentido también se observan a veces actitudes en mi opinión demasiado exigentes. Me explico: Mi sensación es que estamos viviendo una época de cambio, una especie de transición, por la que estamos volviendo los ojos hacia las personas con discapacidad, cuando lo habitual antes era mirar hacia el lado opuesto. Creo que asistimos al nacimiento de una etapa de concienciación, de conocimiento y de acercamiento hacia las personas con Síndrome de Down (y otros) y que esto nos está llevando a descubrir nuevas dimensiones, o mejor dicho su verdadera dimensión. Eso necesariamente nos exige adaptar nuestro lenguaje para referirnos a sus diferentes aspectos y optar por otras palabras más respetuosas y adecuadas.
    Lo que ocurre es que no todos vamos a la par. Por una cuestión generalmente debida al azar unos vivimos más de cerca el asunto que otros. Somos más conscientes porque en nuestro día a día no sólo lidiamos con la situación de sacar adelante y luchar por el futuro de estas personas, sino que además tenemos que enfrentarnos a ciertos comportamientos de personas que bien por no tener el conocimiento suficiente, o bien por no tener un buen dominio de la lengua incurren en comentarios que nos hieren.
    Digo todo esto porque creo que de alguna forma, en lugar de manifestar nuestra indignación contra algunas de estas personas, tal y como he observado en repetidas ocasiones, o incluso he experimentado por mi misma, es mucho más constructivo y efectivo tratar de informar y explicar a estas personas sobre la necesidad de adaptar su lenguaje. Siempre será mejor intentarlo que no morderse la lengua o simplemente manifestar nuestro desagrado cuando recibimos “golpes lingüísticos”.
    Al fin y al cabo…hablando se entiende la gente.

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    • Completamente de acuerdo. Todos hemos estado al otro “lado de la barrera” y sólo cuando nos ha tocado vivirlo en persona hemos sido conscientes de la importancia del lenguaje (y otras muchas cosas). Hay que estar satifechos del avance que supone que cada vez más personas tienen interés en que su trato sea adecuado.
      Y respecto a evitar las actitudes de indiganción y echar mano de la información, igual de conforme. Es cierto que a veces hay situaciones “incendiarias”, pero vale más la paciencia y la conienciación.
      Precisamente lo que me encanta de la viñeta es que un trato respetuoso es tan simple como ver la persona. Y eso está al alcance de quien lo quiera intentar…

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