“Te va a ir bien, ya vas a ver. ¡Vos podés!”

FUENTE: La Gaceta / FOTO: Ines Quinteros Orio

Tenemos varios motivos para publicar esta entrada. Está el hecho de que haya seguidores del blog que nos aportan información y material de interés, como ha sido el caso. Es, por tanto, un acto de agradecimiento.
Además, estamos ante otro ejemplo (uno más, y van…) de que las personas con síndrome de Down son mucho más capaces, incluso en cuestiones “intelectuales”, de lo que a priori el resto espera de ellos. Sirve pues para visualizar una verdad cada vez más clara de un colectivo muchas veces incomprendido e injustamente infravalorado.
Esta es la historia de Iara Gordillo, una joven de 19 años (con síndrome de Down) que se acaba de graduar. Os traemos el relato de su historia (publicada en La Gaceta, de Tucumán), en el que la cronista, Magena Valentié, cuenta las dificultades que han ido apareciendo a lo largo de su vida y cómo se han superado hasta llegar a un final feliz, como en los cuentos. Pero, afortunadamente, esto no es un cuento, sino la realidad que refleja la lucha de una persona, Iara, y su entorno (familia, educadores, profesores, compañeros…) para conseguir “trabajar sobre sus capacidades y no sobre su discapacidad”.
Y eso a pesar de momentos de incomprensión, rechazo porque “el mayor obstáculo para la integración de los chicos con discapacidad es el no creer que se puede, la falta de esperanzas de la sociedad, y hasta de los propios padres. Son los chicos los que nos demuestran que sí se puede.”

“Te va a ir bien, ya vas a ver. ¡Vos podés!”
Iara Gordillo aprendió la frase de sus compañeros y la repartió durante la colación de grados del Colegio Santa María.

Miércoles 14 de Diciembre de 2011 . Magena Valentié. Redacción LA GACETA

Ella, que siempre sonreía, se dejó contagiar por las lágrimas de los demás. En otro momento se las hubiera arreglado para diluir rápidamente la tristeza. Le hubiera anunciado María Emilia, la profesora de Inglés: “¿sabías que sos la reina de las flores?” Eso siempre le daba resultado. O hubiera cerrado sus ojitos y acariciándose el largo pelo rubio habría preguntado con un gesto de coquetería “¿verdad que soy hermosa?”
Esta vez no se sentía capaz de consolar a nadie. Sentada en primera fila, en el Centro Cultural de la UNT, mientras se leían los discursos de la colación de grado ella, la que siempre sonreía, escondió su carita roja como un tomate detrás del hombro de su compañera y lloró con ganas.
Quinto año. ¿Quién lo hubiera imaginado? Ni siquiera su madre, que la llevó al jardín de infantes cuando ella, Iara Gordillo, tenía apenas dos años (17 más de los que acredita ahora). Síndrome de Down. Una mamá de un compañerito se quejó: “¿por qué reciben chicos especiales?” ¡Qué golpe para Lucy y Luis Gordillo. ¡Y qué sorpresa cuando en el jardín les demostraron que “estaba todo bien”! “El mayor obstáculo para la integración de los chicos con discapacidad es el no creer que se puede, la falta de esperanzas de la sociedad, y hasta de los propios padres. Son los chicos los que nos demuestran que sí se puede”, reconocen con los ojos húmedos la pedagoga Nora Herrera de Ortega y la psicóloga María Fernanda Parajón Ferullo, del colegio Santa María. Allí Iara cursó desde jardín hasta el 5° año de la secundaria.
“Es cierto que Iara nos facilitó las cosas porque es una chiquita con una gran capacidad de adaptación y su familia es invalorable. Pero el colegio hizo un esfuerzo muy grande para recibirla. En primer lugar todo el personal tuvo que capacitarse. Comenzamos en el 98, cuando la integración no era muy común. Diseñamos un programa para ella, trabajando sobre sus capacidades y no sobre su discapacidad. Ahora, que tenemos otros alumnos en esa situación, cada chico es un proyecto de integración en sí mismo”, explica Parajón Ferullo. El proyecto se sostiene con la familia, el colegio, el equipo externo de profesionales y el alumno. “Iara es nuestra primera alumna integrada”, destaca Herrera de Ortega.
Para que Iara lograra ser una más había que adaptar el mundo a su medida. Era imposible hacerlo de otra manera. La aceptación de la diferencia era un desafío que todos debían hacer, los profesores , los alumnos, el personal administrativo… ¡Qué decir de espacios curriculares como Matemática, Física, Química e Inglés! Hubo que hacer adaptación curricular en casi todas las materias y acudir a distintas herramientas pedagógicas, como la experimentación. Inglés se desarrollaba en un aula paralela, separada del resto de los alumnos, cuatro horas por semana.
Todo había dado buenos resultados. Iara consiguió puntajes altos con una exigencia acorde a sus posibilidades. Nunca esperó que le tuvieran consideración. Y si no que lo digan sus compañeros: ¿quién no recibió una llamada telefónica de Iara a deshora preguntando por alguna tarea? “¡Cómo vamos a extrañar esas llamadas!”, exclamaron.

Y ahora ¿qué?
Y por fin llegó Bariloche. Después la cena de egresados… y el acto de colación de grados en el que hablaron Iara, su madre y una docente. Los pañuelos descartables fueran insuficientes.
El gran tema era el “después”. “A mí me gusta bailar. El folclore me encanta!”, reconoce la propia Iara.
Otra vez el colegio, que no recibe aporte estatal en el secundario, tomó la posta y elaboró un proyecto piloto de la preparación para el trabajo. Algo inédito. “Vamos a acompañarla con una formación específica para su desempeño laboral, que incluya una mejor autonomía de su movilidad, una comunicación adecuada para su situación y otros aspectos que la ayuden a insertarse laboralmente. Estamos averiguando la posibilidad de una tecnicatura sobre cuidado del medio ambiente, que se dicta por medio de la Universidad Católica de Buenos Aires y de la de San Andrés. Pero también hemos pensado en una pasantía en preceptoría…”, contó la psicóloga.
Los proyectos para Iara no paran. Y por lo visto, el colegio no quiere prescindir de sus caritas de “me gusta”, “no me gusta”. Rosario, una de sus compañeras, reconoce que la recordará por “la buena onda de todos los días”. Florencia, su mejor amiga, “por los llamados por teléfono a cualquier hora”. Juan Ignacio, el que más la mimaba, por sus célebres suspiros cuando la profesora anunciaba la tarea, o su característica frase: “¡Ay Jesús, María y José…!”, en tono de lamento.
Iara ha vuelto a sonreír. Los flashes, los besos, los abrazos, los mimos, son estímulos a los que ella no puede resistirse. Y ahora es ella la que contagia alegría, la que irradia ternura desde esa carita de niña risueña que parece despedirse de sus compañeros (un poco asustados por la nueva etapa que deben enfrentar) con la misma frase que aprendió de ellos: “te va a ir bien, ya vas a ver. ¡Vos podés!”

Para leer la crónica en “La Gaceta” de Tucumán: “Te va a ir bien, ya vas a ver. ¡Vos podés!”

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