¿Te abrazó alguna vez un niño con Síndrome Down?

Son muchas las personas, cada vez más, las que de una forma u otra ponemos en valor la riqueza que las personas con discapacidad tienen.
De hecho, el propio término “discapacidad”, aún estando aceptado y utilizado, no deja de incidir en lo que falta, como si esa fuera la característica principal de tal o cual persona. Por ello es habitual que se empiecen a reivindicar y utilizar términos como personas con capacidades diferentes, o personas con diversidad funcional.
Lo que todo ello refleja es que cada vez es mayor el número de gente que vemos en la diferencia todo lo tiene de enriquecedor y valoramos la diversidad como una característica más de nuestra sociedad. Y por ello tenemos que aprender a conocerla, a veces el paso más complicado, porque eso nos llevará a respetarla y valorarla.
Y, en este contexto, son las propias personas con diferentes capacidades quienes también han dado ese paso adelante. Son ellas quienes, en primera persona, reivindican sus derechos y quieren mostrarse como ciudadanos que viven y se desarrollan como personas que son, sin más adjetivos.
Precisamente acabamos de leer un artículo que David Reyes publicó en elsalvador.com con motivo del día Internacional de las Personas con Discapacidad. El título de esta entrada no es sino un fragmento de dicho artículo. David Reyes es el primer diputado con discapacidad en El Salvador y su reflexión, por su aplastante lógica, bien merece una lectura.

Capacidad, voluntad y actitud
Por David Reyes* Miércoles, 7 de Diciembre de 2011

Sí se puede. Yo crecí escuchando docenas de voces que me decían que, por tener una discapacidad física, no podría hacer muchas cosas. Con los años pude demostrar que la capacidad más importante que tenemos los seres humanos es la voluntad.
Hace algunos días participé de una travesía de enduro que me llevó a recorrer cerca de 400 kilómetros de ruta, desde Antiguo Cuscatlán hasta Antigua Guatemala. Unos días antes nos fuimos a surfear con unos amigos y no pierdo la esperanza de lanzarme en paracaídas.
Para muchos, probablemente lo anterior no tenga ningún significado especial, pero vivo con una discapacidad y desde siempre me he desplazado en una silla de ruedas.
Cada tres de diciembre se conmemora el “Día nacional e internacional de las personas con discapacidad”, y la imagen que esto evoca en algunas personas, es la de seres humanos desvalidos que necesitan la ayuda del resto de la gente para llevar una vida digna. Nada más lejos de la realidad.
En la vida cotidiana y en cualquier ámbito de la sociedad, quienes vivimos con algún tipo de discapacidad logramos vidas plenas, satisfactorias y sobre todo productivas.
Nos movilizamos con algún tipo de ayuda mecánica, casi siempre con una sonrisa en el rostro; algunos no pueden escuchar las bromas o carcajadas, pero ver las sonrisas en los rostros ajenos les llena de gozo el alma y ríen también; muchos no pueden observar su entorno, pero al palpar el rostro de un amigo pueden apreciar su estado de ánimo, ser solidarios y dar un mensaje de ánimo o de consuelo.
Algunos no entienden todas las cosas como los demás, pero Dios les ha puesto en sus corazones una dosis extra de amor para compartir. ¿Te abrazó alguna vez un niño con Síndrome Down? ¡Lo hacen sincera y generosamente!
Las personas con discapacidad no somos más ni menos que nadie, tampoco inferiores o superiores, somos seres humanos comunes pero no corrientes, dignos hijos de Dios, que buscamos cada día un nuevo reto que afrontar y lo hacemos con la frente en alto y la mirada en el futuro.
Para nuestras madres no fuimos motivo de frustración o vergüenza, sino de alegría y gratitud, y para nuestros padres, motivo de orgullo al vernos afrontar la vida y superar obstáculos. Nuestros hermanos ven en nosotros un ejemplo y no una carga y para nuestros amigos somos exactamente eso: amigos.
No pedimos de la sociedad nada más que un trato similar al que se le da a cualquiera. Todos necesitan gradas para acceder a algunos lugares, a veces nosotros necesitamos rampas, las que también usan niños y ancianos. No queremos ser “incluidos”, queremos vivir integrados en la sociedad a la que aportamos día a día.
Aún quedan rampas que construir, quedan rótulos de accesibilidad que pegar, algunas puertas por ampliar, sin embargo, lo más importante es que nuestra sociedad sea consciente de nuestra capacidad, más allá de nuestra discapacidad, rompa sus esquemas y reconozca lo importante que es nuestro sector.
Mientras usted lee este artículo, alguna persona no vidente está laborando en una empresa, alguien en silla de ruedas está dando clases, un niño con Síndrome de Down está regalando un abrazo, una mujer con discapacidad auditiva lee los labios de alguien que le dice “te amo”, una madre anima a su hijo con retraso mental a sujetar una taza y beber solo, un científico deja sus muletas para ver a través del microscopio y yo desde mi despacho junto a mi familia elevo a Dios una plegaria de agradecimiento por todas las personas de buen corazón que saben ver todo lo mucho que podemos dar y no lo poco que necesitamos.
Persigamos con valentía y fe esa bella aspiración de salir adelante y vivir mejor. Esa es mi cruzada y quiero que también sea suya, para que volvamos a creer en nuestra capacidad de sobreponernos a la adversidad y superarnos para aspirar a una vida más digna y con más oportunidades. Deseo que los salvadoreños volvamos a creer en nosotros mismos, en nuestras virtudes y fortalezas.
Que Dios nos bendiga a todos.

*Diputado por San Salvador.

Para leer el artículo completo en elsalvador.com: Capacidad, voluntad y actitud

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