Y ahora… ¿qué?

La semana pasada recibimos un correo donde nos hacían llegar la indignación de un padre por la repetida historia, esta vez en Sevilla, de un grupo de jóvenes con síndrome de Down a los que se les negó la entrada a una discoteca.
Tal y como nos indica el correo, la carta que ha escrito este padre es larga, pero merece la pena leerse. Tal vez porque, como en la misma se explica, no es sólo que las leyes y convenciones que recogen los derechos de todas las personas no se respeten sino que, a veces, la respuesta de las familias y asociaciones que representan a las personas “agredidas” no actúan con la suficiente contundencia… o la menos esa sensación es la que queda por momentos.
Desde el respeto que se merecen todas las opiniones, creemos que la carta puede ayudarnos a reflexionar en este sentido.

Al cuarto pilar del estado de bienestar le sale aluminosis

Los padres que dirigen una Asociación de personas con discapacidad intelectual no suelen actuar con vehemencia, más bien todo lo contrario, la experiencia de los años les hace ser reflexivos, tolerantes y despegarse la mano de los ojos cuando todo se vuelve negro. Recordar artículos de la Constitución y Tratado de Derechos Humanos donde dicen que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos. A estas alturas del siglo XXI, chirría solo con tenerlo que mencionar.
Fuera de toda duda incluso más de uno se preguntará por qué lo traigo a colación. La explicación es bien sencilla: lo dice la Ley pero la realidad es bien distinta. Uno de los muchos programas que se imparten en la Asociación Aspanri-Aspanri Down, a la cual pertenezco, es Vida Adulta Independiente (VAI). Parte de este programa consiste en que grupos de chicos, ya adultos, junto con varios monitores, proyectan cada sábado una salida por Sevilla a las diferentes zonas de ocio (cines, museos, pub, bares, paseos por la ciudad ahora en Semana Santa, discotecas, etc).
El pasado sábado, 2 de abril, decidieron ir a la discoteca “Paddock”, sita en la Avda. de San Francisco Javier, junto al Edificio Sevilla 2. Previamente los monitores llamaron para confirmar que dicho día iría un grupo de chicos discapacitado por si habría algún problema, teniendo por respuesta el ok de la sala. Ciertamente ya este paso choca per se, pónganse por un momento en el lugar e imagínenselo, pero como padre, les puedo asegurar que evita muchas frustraciones y, como dije al principio, tampoco se trata de estar toda la vida luchando contra molinos de viento. Nada nuevo, se trata de soltar carrete para luego recoger sin romper el sedal.
Bien, pues allá que se presentan a las 12 de la noche en la puerta de la disco, un grupo de chavales, perdonad que no sea políticamente correcto con el tema del género epiceno, con el único fin de pasarlo bien unas cuantas horas. El portero que los escanea y en primera instancia los cita para las 12:30 que es cuando dice que abren, esperando tal vez aburrirlos con la espera. Está claro que no los conoce. Algunos además de sus ojos achinados, poseen la paciencia oriental como don innato. Puntuales como un reloj suizo vuelven a intentarlo a la hora convenida pero esta vez el portero les dice que necesitan invitaciones. Los monitores intentan dialogar: que si habían llamado, que si por qué no se les dijo anteriormente, que por qué entran otros sin invitaciones. Y ante las constantes negativas, reclaman a instancias superiores: “queremos hablar con el gerente o dueño”. Y el guardián que sube para explicar el problema a su amo y le contesta que esperen, que ahora baja. Después de media hora de espera y viendo que todo era una farsa, deciden aprovechar el tiempo que les queda de ocio en ir a otro lugar y trasladar la incidencia a los padres. ¿Saben qué es lo peor? No, no es la indignación, la rabia o el coraje que en ese momento sientes hacia la discoteca, hacia el gorila de turno con promesa de ínsula y cerebro inversamente proporcional a sus músculos, o hacia el gerente o dueño falto de dignidad y escrúpulos. Obviamente los juristas de la Asociación, padres de chicos discapacitados que colaboran desinteresadamente, están estudiando el caso y se reservan el derecho de emprender acciones legales contra la discoteca en cuestión. Ya saben, lo mismo todo queda en soltar carrete, o por el contrario estiman que hay causa y que el dueño procure tener los papeles en regla, no sé que decidirán al final.
Miren, lo peor es explicarle a nuestros hijos, personas adultas y curtidas en mil batallas contra la crueldad, que una vez más se la han jugado. Vuelves a mentirle mientras le miras a los ojos sonriéndole, al tiempo que le dices que no pasa nada, que el próximo día irán a otro sitio mejor donde se lo pasaran de cine, porque como ellos, no todas las personas son iguales. Y ellos, que son discapacitados intelectuales pero no tontos, no lo olviden, se dan cuenta de todo, pero consienten porque efectivamente son distintos: carecen de maldad. Quizás en el título me excedí, la realidad es que confiamos plenamente en esta sociedad que poco a poco le va ganando la batalla a viejos prejuicios y no existe mejor solución para esa aluminosis que una sociedad sana y sin complejos. Una sociedad capaz de comprender que cada persona es intrínsecamente distinta desde su nacimiento por infinidad de motivos, pero no por ello ni mejor ni peor.
J.A. Cano Abril, 14, 2011

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